Si existe un rincón en Cataluña donde la belleza del Mediterráneo se encuentra en perfecta armonía con la visión de los Pirineos, ese lugar es sin duda el Empordà. En esta región privilegiada, los azules intensos del mar se mezclan suavemente con los verdes infinitos de viñedos cargados de historia y pasión, creando un paisaje inolvidable.

Te invitamos a realizar un recorrido en el que exploraremos la profunda tradición vinícola del Empordà, viajaremos por siglos de historia desde los griegos y romanos hasta nuestros días, degustaremos vinos galardonados reconocidos internacionalmente, y conoceremos de cerca propuestas turísticas únicas que combinan cultura, gastronomía y naturaleza.

Una historia que brota en cada cepa

Ruinas romanas de Ampurias

La tradición vitivinícola del Empordà no es reciente. Se remonta nada menos que al siglo VI a.C., cuando los griegos fundaron la ciudad de Empúries, el primer enclave comercial establecido en la Península Ibérica. Con su llegada, introdujeron no solo el arte de la navegación y el comercio, sino también su vasto conocimiento en el cultivo de la vid y la elaboración del vino.

Los griegos, grandes amantes del vino, reconocieron inmediatamente el potencial de la región gracias a su clima mediterráneo y sus suelos bien drenados, idóneos para la viticultura. Empezaron así a cultivar variedades de uva adaptadas al territorio y a producir vinos que eran consumidos localmente y utilizados en ceremonias religiosas, banquetes y reuniones sociales. Este intercambio comercial con otras civilizaciones del Mediterráneo convirtió al Empordà en un centro neurálgico del vino en la antigüedad.

Cuatro siglos más tarde, con la llegada de los romanos, la viticultura en el Empordà experimentó una notable expansión y refinamiento. La ingeniería agrícola romana permitió optimizar los sistemas de cultivo mediante la construcción de terrazas en las laderas y la introducción de herramientas más eficientes. Además, los romanos perfeccionaron las técnicas de fermentación y conservación del vino en ánforas de cerámica, asegurando su transporte a largas distancias sin perder calidad.

El vino empordanés no tardó en ganar prestigio en todo el Imperio Romano y comenzó a ser exportado a otras provincias, llegando incluso a las mesas de la aristocracia romana. En las excavaciones de Empúries se han encontrado restos de antiguas bodegas y depósitos de vino, evidencia de la importancia económica de este producto.

Sant Pere de Rodes

Durante la Edad Media, la producción de vino floreció alrededor de los monasterios y abadías, como Sant Pere de Rodes, donde aún pueden verse restos de esa época dorada. El monje Ramon Pere de Noves, según cuentan, escribió el primer tratado de enología catalán en 1130, dejando un legado imborrable que aún impregna los viñedos de terrazas escalonadas, barracas y muros de piedra seca que hoy vemos.

La época dorada de la viticultura en el Empordà sufrió un abrupto freno con la llegada de la filoxera en 1879, un pequeño insecto originario de América que devastó los viñedos europeos. La plaga entró en Cataluña a través de una viña en Rabós d’Empordà, convirtiéndose en el primer punto de infestación registrado en la región. En pocos años, los cultivos de vid quedaron prácticamente destruidos, obligando a los agricultores a arrancar sus viñas y provocando un colapso en la economía local, que hasta entonces dependía en gran medida de la producción vinícola. Esta crisis obligó a muchos viticultores a emigrar o a diversificar sus cultivos, sustituyendo la vid por olivos y almendros, o incluso dedicándose a otras actividades económicas como el comercio y la ganadería.

No sería hasta los años veinte del siglo XX cuando el sector comenzaría su lenta recuperación gracias al movimiento cooperativo. Siguiendo el ejemplo de otras regiones vinícolas de Europa, los viticultores del Empordà decidieron unir esfuerzos y crear las primeras bodegas cooperativas, lo que permitió replantar viñedos con cepas resistentes al insecto mediante injertos de vides americanas. Este esfuerzo colectivo favoreció la modernización de los procesos de producción y garantizó una mejor comercialización del vino, sentando las bases para una industria más resiliente y organizada.

Ruta del vino de Empordà

A pesar de estos avances, el sector vivió un nuevo desafío a mediados del siglo XX con el auge del turismo en la Costa Brava. La llegada masiva de visitantes y el desarrollo del sector hotelero llevaron a muchos productores a abandonar la viticultura en favor de negocios turísticos, relegando la producción de vino a una actividad secundaria o de autoconsumo. Sin embargo, un grupo de viticultores visionarios decidió apostar por la calidad en lugar de la cantidad, adoptando nuevas técnicas enológicas e incorporando variedades mejor adaptadas al clima y al suelo de la región.

Este esfuerzo culminó en 1975 con la creación oficial de la Denominación de Origen Empordà, un reconocimiento que certificaba la calidad y singularidad de los vinos de la región. A partir de ese momento, la D.O. Empordà ha experimentado un crecimiento constante, ganando prestigio tanto a nivel nacional como internacional.

La esencia del Empordà en la ruta del vino

Uvas garnachas

La Ruta del Vino D.O. Empordà abarca 55 municipios repartidos entre Alt y Baix Empordà, e incluye una gran variedad de bodegas que se extienden sobre una superficie de casi 2.000 hectáreas. Predomina un clima mediterráneo suave con inviernos templados y veranos moderados por la proximidad al mar, lo que proporciona una maduración óptima de la uva.

Una característica distintiva de los vinos empordaneses es su gran diversidad y riqueza aromática, derivada del suelo heterogéneo compuesto principalmente por texturas arenosas, graníticas y pizarras, que aportan mineralidad y frescura a sus vinos. Las variedades más emblemáticas son la Garnacha (blanca, roja y negra) y la Cariñena (blanca y negra), ambas perfectamente adaptadas a estos suelos pobres y resistentes a condiciones extremas como la Tramontana, el intenso viento característico de la región.

Las garnachas aportan elegancia, frescura y aromas florales en los vinos blancos, así como fruta roja y especias en tintos y rosados. Las cariñenas, por su parte, aportan estructura, potencia y longevidad, resultando vinos tintos profundos y complejos, ideales para envejecer. Además, en la región también se cultivan con éxito variedades internacionales que añaden complejidad a la gama de vinos disponibles: la Macabeu y Chardonnay destacan en vinos blancos frescos y frutales, mientras que la Cabernet Sauvignon, Merlot o Syrah complementan con matices más intensos y estructurados.

Un viaje sensorial lleno de experiencias

Bodega La Vinyeta

La Ruta ofrece mucho más que visitas a bodegas. Casi una treintena de ellas abren sus puertas a los visitantes ofreciendo actividades únicas que combinan catas sensoriales, maridajes sorprendentes y eventos culturales y deportivos. Desde degustaciones multisensoriales en Mas Llunes hasta relajantes sesiones de vinoterapia en el Wine Spa del Hotel Peralada o excursiones en bicicleta y kayak con paradas para catar vinos.

Además, los visitantes pueden participar en experiencias exclusivas como picnics entre viñedos organizados por bodegas como La Vinyeta, donde se combina la gastronomía local con los vinos de la casa en un entorno idílico. Para los más activos, algunas bodegas ofrecen rutas de senderismo por los viñedos, como las visitas guiadas por el Celler Martín Faixó en el Parque Natural del Cap de Creus, donde la belleza del paisaje se fusiona con la tradición vinícola.

Biblioteca histórica que se puede visitar en la Bodega Peralada

Otra propuesta interesante es la cata a bordo, disponible en localidades como Palamós, donde se puede disfrutar de un paseo en barco mientras se degustan los vinos del Empordà acompañados de mariscos frescos del Mediterráneo. Para aquellos que buscan una experiencia más íntima, los maridajes personalizados organizados por sumilleres expertos en Vilartolí permiten descubrir combinaciones sorprendentes entre vinos y productos gourmet de la región.

En primavera, el Festival Vívid transforma la región en el epicentro del enoturismo catalán, con una programación exclusiva de actividades que van desde talleres de cata a catas nocturnas bajo las estrellas. Finalmente, para los amantes de la historia, las visitas enohistóricas en Mas Llunes permiten recorrer la evolución de la viticultura empordanesa a través de documentos, objetos antiguos y relatos que transportan al visitante a siglos pasados.

Paisajes, historia y gastronomía: el complemento perfecto

Pals

Pero el Empordà es más que vino. Es también tierra de pueblos medievales encantadores como Peratallada y Pals, y cuna de Salvador Dalí, con Figueres como epicentro de arte y cultura. Aquí se encuentra el célebre Teatro-Museo Dalí, un lugar fascinante donde el genio surrealista dejó su huella y que constituye una parada imprescindible en cualquier recorrido por la región.

En Besalú, se puede pasear por su magnífico puente medieval y perderse por sus callejuelas empedradas que evocan la historia medieval catalana. En Monells, el viajero encontrará una plaza porticada de ensueño, perfecta para disfrutar de la calma y la gastronomía local.

Besalú

Además, la ruta se extiende hasta enclaves naturales de gran belleza, como el Parque Natural del Cap de Creus, donde la brisa marina y los acantilados escarpados conforman un paisaje espectacular. También destaca el Parque Natural dels Aiguamolls de l’Empordà, un paraíso para los amantes de la naturaleza y la observación de aves.

Y para poner un final inolvidable a nuestra ruta, nada mejor que disfrutar de una puesta de sol sobre el Mediterráneo en la bahía de Roses o en las calas escondidas de Begur, con una copa de vino empordanés en la mano.